17 julio 2012

Un punto de vista desde el "primer mundo"

Hace un tiempo tengo por costumbre visitar un blog llamado "El Gerente de Mediado", escrito por Sergio Minué. Generalmente toca varios temas relacionados a sanidad, a gestión de servicios de salud,  y medicina, preferentemente a temas de primer nivel de atención, en los que mecha alguna que otra cosa interesante.



Pero, en esta sociedad globalizada, donde las líneas de bandera y los transportes estatales no funcionan, y se ve con buenos ojos el manejo de los mismos en manos de privados no está de más ver la opinión de alguien que, desde el otro lado del mundo, vive el tema, quizá tan vivamente como nostros.

Les dejo el post en cuestión llamado "El país que veía pasar los trenes". Cualquier similitud seguramente no sea pura coincidencia.



Margaret Thatcher presumía de no viajar nunca en tren. Quizá por eso impulsó tanto la privatización de la red de ferrocarriles británica. El que haya viajado en tren por Inglaterra en la última década puede hacerse una idea bastante aproximada de lo que significa la privatización de los servicios públicos.
Por si no quedaron claras las nuevas  medidas de autodestrucción del Estado (a la manera de los mensajes de Superagente 86 que se autodestruían en 20 segundos) adoptadas por el gobierno español y publicadas en el BOE del pasado sábado, hoy The Economist lo deja bien claro: España reducirá los derechos de los parados, bajará el salario de los funcionarios, retrasará la edad de jubilación, y privatizará trenes, aeropuertos y puertos. A Rajoy tampoco parece que le gusten los trenes.
En una ciudad mediana como la que vivo, sabemos bien lo que significa la competencia en los transportes de viajeros. Cuando desaparecieron las compañías aéreas que se llamaban “de bandera” nos convertimos en rehenes de los corsarios modernos, compañías que chantajean a las pequeñas ciudades, se llevan el dinero de las subvenciones y salen corriendo cuando las cifras no les cuadran. Por el camino engañan al incauto, entusiasmado por sus precios de escándalo, y que observa impotente como al precio inicial se le suma el del handling, la maleta ( solo una), o la tarjeta de embarque, a la espera de que se autorice por fin el poder llevar pasajeros de pie, como si fueran cerdos ( productores de jamón y no países de los considerados vagos).
Tony Judt en Algo va mal analiza el caso de los ferrocarriles como bien público esencial. Y señala que los trenes no se pueden poner en las vías esperando a ver cual funciona mejor o cual es más barato, como las mantequillas del supermercado. Trasladando el ejemplo que cuenta en su libro al contexto español, imagine usted que el gobierno autorizara a Mercadona a ejercer el monopolio durante 5 años de las ventas de supermercados de la región que se extiende entre Madrid y Salamanca, con instrucciones detalladas sobre que vender, a que precios, en que horarios . Eso sí , con la garantía de cubrir las pérdidas que tuviera Mercadona. Contado así parece absurdo, pero es una traslación literal de las condiciones bajo las que se regulaba el transporte privado por ferrocarril en Gran Bretaña desde la mitad de los noventa: “ una combinación de lo peor de del control monopolista del mercado, la interferencia estatal y el albur moral” en palabras de Judt. El resultado, como era de preveer, dista mucho de los supuestos beneficios que se prometieron cuando se tomó la decisión: el coste aumentó, la calidad disminuyó, el impacto ambiental fue grande, y más del 34% de la red de ferrocarriles cerró, en nombre del ahorro (que nunca se obtuvo) y la eficiencia.
Hace unos días revisábamos el falso dilema entre la equidad y la eficiencia al que nos quieren llevar los monaguillos del pensamiento único. Los trenes son un buen ejemplo de que la eficiencia no puede ser un fin en si mismo.
Un tren es un servicio social. La paradoja del transporte público, como tan lúcidamente señalaba Judt, es simplemente que cuanto mejor haga su trabajo, menos “eficiente” puede que sea. Ninguna compañía privada pondrá líneas a lugares poco habitados, aislados, lejanos, en los que no sea fácil “rentabilizar” su inversión. Solo lo puede hacer el estado. Y si éste claudica, se autodestruye, quizá habrá ganado algo de dinero ( que irá a parar posiblemente al bolsillo de los amigos que obtengan la concesión) pero al alto precio de desvertebrar el territorio, obligando a los ciudadanos de destinos poco “agraciados” a utilizar su coche o emigrar a una ciudad más rentable ( en términos de transporte). Está en manos de cada sociedad decidir si su meta es alcanzar el ahorro a cualquier precio o permitir la supervivencia de sus comunidades, aunque sean poco pobladas y lejanas.
Una cosa es haber permitido el absoluto despilfarro en trenes de alta velocidad a diestro y siniestro, generalmente con la finalidad última de llevar el AVE al pueblo de cada politicastro y otra bien distinta destruir la forma de integración de un país.
Como el protagonista de la novela de Simenon, aumentarán los pueblos que ven pasar los trenes sin que se detenga el suyo. Alguno a eso lo llaman progreso.

1 comentario:

El Gaucho Santillán dijo...

Lo mas lindo es que primero los privatizan barato.



Y diez años mas tarde, se los estatiza carìsimo.



Para algunos es negocio.


Un abrazo.