15 junio 2015

El Circo del Domingo.

 Me encontré con esto en facebook, es de un señor que se llama Mauricio Rodriguez, como está compartido con el público en general, me tomé la libertad de compartirlo acá.

Espero que no venga el FBI a arrestarme como al gordo de Megaupload.



Hoy de tarde arranqué para el Parque Batlle, dispuesto a vivir una experiencia diferente. A ser parte de la fiesta. Era algo que no hacía desde hace mucho tiempo. La última vez tenía 8 años y llegué de la mano de mi padre.

Aquella vez tuve algo de miedo. Hoy no. Pretendía vivirlo como lo que es. O lo que se supone es: una fiesta. Aunque no olvido que todo es circo, me gusta esa sensación de autoengaño que te embarga al entrar y ser parte del ritual. Durante la semana me fuiconvenciendo de que debía volver.

Para evitarme los empujones saqué varios días antes la entrada. Hoy me la puse en el bolsillo, el de la suerte, me calcé la campera, la bufanda y el gorro. Y directo al coloso. Al cruzar Avda Italia vi los primeros animales. Algunos daban alaridos - parecían ser los jefes de la manada - y otros los imitaban. Como imitan casi todos los animales, es decir, sin pensar. Caminan en pequeños grupos. Algunos, de vez en cuando, se abrazan. Hay también payasos. Están algo alejados, reunidos seguramente para ajustar su número. El que repiten cada fin de semana, robots atrofiados del espectáculo. Mientras unos se pintan la cara - de rojo, blanco, azul, negro y amarillo - otros se hacen bromas y hasta amagan golpearse. Tienen algo triste. Quizas su vida sea solo eso. Una sucesión mecánica de fines de semana de golpes y bromas. Algunos se insultan y hacen gestos obscenos. No me gusta la violencia sutil de estos payasos. Pero ya había decidido entrar. Apenas paso la puerta, sobre la derecha, un hombre de rojo reparte comida entre los animales. Algunos comen en silencio. Otros dan gritos y hay algunos que comen mientras saltan. Entre ellos aparece un grupo de individuos arrastrando trapos enormes. Parecen equilibristas, pienso.

Empieza el espectáculo. Las principales figuras de la tarde bajan a la arena, al gran circo romano. Todo es brillo y promesa de emociones. Al principio hay risas, algunas sorpresas y aplausos. Los animales parecen bajo control. Todos disfrutamos. Se vendieron miles de entradas. Y los aplausos se multiplican. Pero sobre el final se enciende el caos. Los animales - quizas empujados por el instinto - no obedecen. Intentan persuadirlos. Les hablan, luego les gritan y, ya resignados, los golpean. La gente se escandaliza. Los animales corren, se caen, dan alaridos y vuelven a correr. Los dueños del circo se preocupan por la recaudación. Algunas autoridades intentan explicar el caos. Los payasos - los otros payasos - siguen su rutina patética. Los equilibristas saltan y agitan los trapos sin parar. Todo es un apocalipsis multicolor

La televisión intenta difundir los detalles más morbosos mientras decenas de padres se retiran arrastrando a sus hijos que lloran e insisten en volver a sus asientos. Me voy sin enterarme del final. Cruzo el Parque Batlle en silencio. Paso delante del Estadio, y pienso: "Nunca más vuelvo al Circo Thiany. La próxima me vengo al Centenario. Al menos es algo distinto". O no?

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